Cómo superar que tu propia hija te deje plantada

Ayer volvía La Hija de sus vacaciones con los Abus. ¡Genial! Hacía días que la echaba en falta. Vamos que la Urbanmon estaba ñoña. Ella también me decía que quería volver a Madrid (Ains, ha salido tan de ciudad como su madre).

Y llega el momento del reencuentro. La mamá se va a la estación del AVE a recogerla, con un fantástico conejito de peluche recién comprado al que le añadí, a modo de pajarita, un enorme lazo. Mi DIY solo llega a eso.

Ahí me veis a mí. En la estación, conejo en mano. Sr. Padre también llegaba de viaje a la misma hora y al mismo lugar. Ya solo faltaba La Hija.

¿ Y si la próxima vez me visto yo de conejito?
Igual llamo su atención.
O me quedo con esta cara.

Y salen por el corredor. Una sonrisa ilumina su carita y echa a correr. Viene hacia mí… y coge el conejo y se lanza de un salto a los brazo de Sr. Padre.

¡Vamos! Ni un triste “hola mamá”, ni un beso, ni ná.

Y ya no le dejó ni a sol y sombra. Junto se subieron al taxi, juntos a casa, juntos al baño, juntos cenaron y juntos a dormir. Y todo lleno de mimos, babas y carantoñas del tipo “como te quiero papito mio”.

Y yo ¿por qué la echaba tanto de menos?

No lo entiendo.

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